La linterna mágica

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La linterna mágica es el más Ilustre, popular y acaso el más misterioso artefacto de la arqueología
del cine. Sus antecedentes, según documentos, parecen remontarse a la
Antigüedad clásica. Ya en 1646, el padre Athanasius Kircher dejó registro
del concepto básico y de una numerosa serie posible de estos aparatos de
proyección de imágenes por medio de una fuente de luz y una lente en
una obra de lovecraftiano título: Ars Magna Lucis et Ombrae.

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Como divertimento, la linterna mágica poseía un costado para el asombro y otro
para el espanto; la difusión del tratado de Kircher acompañó el furor por
las linternas mágicas en la segunda mitad del siglo XVII y todo lo
siguiente, con versiones hogareñas, y otra más imponentes para
espectáculos itinerantes. Las más ingeniosas hasta podían dar la
impresión de movimiento en sus imágenes por medio de transparencias
superpuestas y desplazables. Unido a ellas se expandió el espectáculo de
las fantasmagorías, con sus historias pavorosas que aterrorizaron al
público durante un par de centurias, en un esfuerzo por mostrar la
dimensión espectral en la imagen que acaso sea el mayor antecedente
como espectáculo del cine de terror.
El artilugio fue llamativamente perfeccionado en Inglaterra,
paralelamente al invento de la fotografía. Juegos de lentes, varias
imágenes movibles, efectos de cierre y apertura, junto a la posibilidad de
usar fotos registradas sobre vidrio – entre otras capacidades – hacían que
una linterna mágica maniobrada por un operador hábil y un buen
narrador – a menudo reunidos en una misma persona – convirtiera a cada
sesión en un show memorable, donde relatos fantásticos o maravillosos
permitían a menudo la visión de lo imposible a los fascinados
espectadores. En su autobiografía – que lleva el nombre del célebre
aparato – Ingmar Bergman cuenta sus placeres y zozobras ante el juguete
que hechizó su infancia y le concedió destino de cineasta.

 

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septiembre 15, 2019