Diamantes para la eternidad, 1971

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Diamantes para la eternidad constituyó la primera vez que 007 se enfrentó a un “todo o nada”. El destino de la saga descansó en su capacidad para llegar al público, y la clave para el éxito no solo residió en traer de vuelta al director francés Guy Hamilton y a Sean Connery, sino también en la habilidad de los realizadores para adaptar a Bond a unos tiempos cambiantes y a unos espectadores renovados.

Tras pasar unas merecidas vacaciones en Francia, el agente secreto James Bond recibe una llamada del Jefe M para realizar una peligrosa misión relacionada con unos diamantes en bruto desaparecidos...

En enero de 1970, Broccoli se reunió con la United Artists para discutir el futuro de Bond. El estudio y los productores creían que, si bien "AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD" había sido una buena película, ahora necesitaban proporcionar la clase de entretenimiento que en su día consiguieron con "GOLDFINGER", y debían hacerlo ajustándose a un presupuesto razonable.

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Primero, la United Artists quiso asegurarse de que era el antiguo James Bond al que el público quería ver en pantalla. A tal fin, reestrenaron "OPERACIÓN TRUENOy "SOLO SE VIVE DOS VECES" en sesión doble apenas seis meses después de lanzar "AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD". Cuando los cines rebosaron de gritos de júbilo, el mensaje les quedó claro: los cinéfilos ansiaban el regreso del Bond clásico.

Junto a Richard Maibaum, los productores desarrollaron un primer borrador del guion que incluía al hermano gemelo de Auric Goldfinger y una persecución en lancha en el lago Mead. Tras buscar a un nuevo Bond, seleccionaron a John Gavin, un actor americano que, en la década de 1980, llevó a convertirse en embajador de EE.UU. en México. Sin mucha fanfarria, le hicieron firmar un contrato, pero los productores sabían que el presidente de producción de la United Artists, David Picker, tenía la esperanza de fichar a un actor muy distinto: Sean Connery.

Connery regresó con la reticente bendición de Broccoli y Saltzman, y consiguió un sueldo que batió récords, el 10% de la taquilla y el derecho de sacar adelante dos películas de bajo presupuesto en la United Artists.

Picker propuso contratar al guionista americano Tom Mankiewicz, un profesional del que pensaba que podía aportar ritmo e ingenio sin dejar de captar el tono esencialmente británico de Bond. Tras el primer borrador, todos estuvieron de acuerdo en traer de vuelta a la némesis de 007, Ernst Stavro Blofeld, cuya historia sentían que había quedado inconclusa. El director fue Guy Hamilton, que prometió devolver a la saga el “toque de Goldfinger”. El guion supuso un regreso de los secuaces peculiares y siniestros – Wint y Kidd-, a las tramas ambiciosas y, sobre todo, al humor.

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Originalmente, los realizadores pensaron rodar la película en Hollywood, y empezaron las tareas de preproducción en los estudios Universal. Más tarde, sin embargo, la trasladaron a su casa tradicional: los estudios Pinewood.

El rodaje comenzó el 5 de abril de 1971 en el desierto de las Vegas, que haría las veces de Sudáfrica. La cooperación con el billonario Howard Hughes, cuya misantropía y gusto por el uso de dobles inspiró la trama, ayudó a allanar el camino para rodar una alucinante persecución de coches por el centro de la ciudad. La escena en la que 007 conduce sobre dos ruedas un Ford Mustang tuvo que ser rodada tres veces – una en los estudios Universal y dos en las Vegas con especialistas – para captar debidamente el plano del coche emergiendo desde el callejón.

Para consternación de los realizadores, cada conductor realizó la secuencia situado en distintas partes del coche, pero la mayor parte del público jamás llegó a darse cuenta.

Los creativos del filme ambientaron el clímax en una plataforma petrolífera en la costa de Oceanside (California). Un ayudante del director detonó los explosivos a destiempo pero, por suerte, un cámara aéreo, al filmar en solitario casi todos los fuegos artificiales, logró evitar que la escena tuviera que volver a rodarse desde el principio y al completo.

El mayor desafío tuvo lugar cuando los realizadores volvieron a los estudios Pinewood, ya que todas las tomas de Connery debían terminarse en 18 semanas. El 13 de agosto de 1971, Hamilton gritó “corten” en la última escena de Connery, todo el mundo se dio la mano, y el actor dejó el rol de 007 hasta su aparición –doce años después- en Nunca digas nunca jamás, película que no estuvo producida por la EON.

La música volvió a correr a cargo de John Barry, que trajo de vuelta la seductora voz de Shirley Bassey para interpretar la canción principal. La banda sonora consiguió convertir en sonido el brillo de los diamantes, proporcionando así un toque glamuroso a las jocosas imágenes de Guy Hamilton.

La mezcla demostró ser la receta perfecta para el primer filme de Bond en la década de 1970. Los espectadores acudieron en tropel, y la película vendió en EE.UU. 11 millones de entradas más que su predecesora. La Academia reconoció el brillante uso del sonido en DIAMANTES PARA LA ETERNIDAD y optó por nominar al Óscar al Mejor sonido a los veteranos Gordon K. McCallum, John Mitchell y Alfred J. Overton.

James Bond había regresado pero, con el rol de 007 otra vez en el aire, el futuro no estaba exento de desafíos.


Título original: Diamonds are Forever
Año: 1971
Duración: 119 minutos
País: Reino Unido
DirecciónGuy Hamilton
Guion: Tom Mankiewicz, Richard Maibaum (Personaje: Ian Fleming)
Música: John Barry
Fotografía: Ted Moore
RepartoSean Connery, Jill St. John, Charles Gray, Lana Wood, Jimmy Dean, Bruce Cabot,Bernard Lee
Productora: EON
Distribuidora: United Artists
Género: Aventuras, acción
Premios:
1971: Nominada al Oscar: Mejor sonido

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