Historia del Hollywood clásico: Studio System

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Cine se hace en cualquier parte del globo, pero sin el cine de Hollywood la gran pantalla no tendría una realeza. Las reinas y príncipes del cine pertenecen al Hollywood clásico. Cualquier aficionado al cine conoce algunas películas estadounidenses en blanco y negro que constituyen los cimientos de toda la cultura cinematográfica.

Según dicen, cualquier tiempo pasado fue mejor y la nostalgia nos hace contemplar con ternura la cinematografía de años pasados. El Hollywood de la década de 1910, hasta la de los cincuenta, es lo que hoy llamamos "cine clásico". Es cierto que no hay un buen cineasta posterior que no reciba la influencia de todo aquel trabajo y el séptimo arte no se puede entender sin todo aquello. No obstante, no todo era tan perfecto como se quiso mostrar en las fotografías. Aquel Hollywood trajo grandes obras, eso es cierto, pero también se prestaba poca atención al arte y donde los creadores, cuyas voces no tenían voto por sistema, eran simples herramientas en manos de los ejecutivos; lo que pasa es que hemos preferido olvidar lo mucho de malo que tenía aquella época.

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Cuando hoy pensamos en un "gran estudio" pensamos en grandes distribuidoras que de "estudio" ya tienen bien poco y que de toda aquella estructura apenas conservan más que unos nombres y unos logos. Cuando los grandes estudios, los de verdad, dominaban la tierra, Hollywood disponía de un arsenal de talento muy superior al actual porque no había televisión ni otras industrias audiovisuales que se llevasen su parte del pastel. Sin embargo, buena parte de ese talento era desperdiciado y la industria estaba plagada de problemas creativos. El llamado «sistema de estudios» produjo muchos de nuestros recuerdos más tiernos, pero también era una máquina de producir basura en cantidades industriales. Tanto, que era un sistema del que los críticos odiaban, y al que varios legisladores persiguieron por sus malas prácticas, aunque por varias circunstancias hizo que no se le pusiera fin hasta 1948.

El sistema de estudios fue responsable de algunas de nuestras películas favoritas, pero si no se hubiese hundido jamás hubiésemos visto cosas como "El Padrino" o "Star Wars". El cine se hubiese quedado estancado para siempre en los viejos hábitos, que no eran tan puros y brillantes como nos gustaría creer que fueron. Si el Hollywood clásico desapareció, fue porque estaba dominado por empresas que actuaban fuera de la ley.

Hoy estamos acostumbrados a una industria cinematográfica que funciona de manera modular. Explicado de manera muy simple: una compañía de producción realiza una película, después otra compañía —la distribuidora, papel que cumplen los grandes estudios de hoy—se encarga de ponerla en el mercado. Las salas de cine pueden decidir si les interesa esa película y negocian un acuerdo económico al efecto, por lo que los exhibidores tienen, al menos sobre el papel, la última palabra sobre qué películas se proyectan o durante cuánto tiempo estarán en cartel. Este proceso nos parece normal. Los actores y directores firman contratos por obra con la productora para cada película en la que trabajan, así que ejercen como freelancers, eligiendo de entre las distintas ofertas y guiones que llegan a sus manos. Pero en la llamada «edad de oro de Hollywood» las cosas eran muy distintas. Los grandes estudios dominaban la industria y controlaban con mano férrea todos los pasos anteriormente citados, desde la producción de la película hasta la proyección final. Un pequeño grupo de nombres, los grandes jefes, tenían un poder casi absolutista para decidir qué cosas llegaban a los cines. Todos los demás agentes involucrados, desde artistas hasta exhibidores, estaban bajo su control. Hollywood era la dictadura de un puñado de estudios, cuyo número variaba según se producían fusiones y adquisiciones. Toda competencia era arrinconada, comprada o forzada a trabajar para ellos.

En su momento de máximo apogeo, la industria estaba dominada por las llamadas "cinco majors", (Metro-Goldwyn-Mayer, Paramount Pictures, Warner Bros, 20th Century Fox y RKO Pictures). Su poder llegó a ser prácticamente omnímodo. No necesitaban ninguna productora externa porque en sus instalaciones construían platós de interiores y exteriores en los que podían rodar escenas ambientadas en cualquier entorno que se pudiera imaginar. En un espacio cualquiera un equipo de rodaje podía pasar de unos decorados que simulaban apartamentos a unos jardines que imitaban la selva tropical, y así rodar toda clase de películas sin parar, ni moverse del sitio. Todos los involucrados en cada película, técnicos y artistas, estaban en platilla del estudio. También las grandes estrellas de Hollywood eran simples empleado y aún cobrando sueldos astronómicos, tenían poca o nula libertad.

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Las estrellas, por importantes que fuesen, no tenían influencia en el proceso artístico, salvo alguna ocasión. Y, si el estudio decidía encasillarlos en un tipo de papel o hacerles trabajar en películas poco interesantes, tenían que bajar la cabeza y aceptar su destino. A cambio se les concedía toda clase de lujos y caprichos, y además cuidaban con mimo su imagen pública. De hecho, cuando un estudio se fijaba en un actor o actriz joven, los moldeaban desde el principio; empezaban por cambiarles el nombre, y los apellidos judíos solían desaparecer, así como los latinos, salvo que los requerimientos del encasillamiento dictasen lo contrario (por eso a una tal Margarita Cansino, de raíces andaluzas, la conocemos como Rita Hayworth).

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Se les ofrecían clases de dicción baile y pasarela. Se les enseñaba a caminar, a moverse, a vestir, a comportarse de manera elegante durante las apariciones públicas, por eso aquellas estrellas se distinguían de las actuales, en el glamour.

Aquellos actores trabajaban duro para sus jefes, pero su imagen pública era cuidadosamente perfilada y se les hacía parecer dioses intocables e inalcanzables. Los Estados Unidos no tenían aristocracia ni realeza, así que las estrellas de Hollywood terminaron cumpliendo esa función. El glamour era considerado fundamental y los estudios peleaban con vigor para evitar que los trapos sucios fuesen conocidos por los espectadores. El control de la imagen proyectada por los actores era tan estricto que en muchas ocasiones se arreglaban romances, por lo general fingidos, entre dos intérpretes empleados por el mismo estudio, que incluían citas públicas ante la prensa, con lo que se añadía morbo a las revistas de cotilleo.

En Hollywood, además, abundaban los homosexuales, lesbianas, y bisexuales, lo cual no era ningún secreto dentro del negocio pero sí se maquillaba de cara a una sociedad todavía muy cerrada. Entre bastidores, a los actores se les permitía hacer lo que le viniera en gana; los estudios sabían que el sexo era uno de los alicientes para mantener contentos a sus grandes estrellas. Además, muchos ejecutivos y productores se comportaban del mismo modo, por lo general con aspirantes a estrella que, bien a sabiendas o bien de manera cándida, entraban en el mercado sexual que formaba parte del engranaje empresarial. Todavía más delicado era el mundo de las drogas o del alcohol, que podía resultar más difícil de ocultar cuando llegaba a afectar al aspecto y la conducta de los actores. Mientra una estrella cumpliese con los duros rodajes y atrajese espectadores a la taquilla, se le concedía manga ancha y se ignoraban sus excesos. Pero cuando esos excesos le pasaban visible factura los estudios no tenían piedad y la caída de un intérprete podía ser tremenda.

Hoy en día se permite que gente como Robert Downey Jr. presuma de sus antiguas aventuras con las drogas y pueda volver a trabajar en primera línea; es más, un pasado escabroso se ha convertido en una buena manera de obtener publicidad. Pero en el sistema de estudios sucedía todo lo contrario: ese tipo de publicidad era evitada a toda costa. Algo parecido pasaba si un estilo de película pasaba de moda; como los actores solían estar muy encasillados y tenían poco libertad artística, no era raro que se hundiesen junto a un género. Y cuando alguien caía de su pedestal, podía confiar en que nunca conseguiría recuperar su lugar, porque los estudios siempre tenían recambio a mano. En la década de los treinta, por ejemplo, la MGM tenía una plantilla de más de cincuenta actores de renombre.

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Esto produjo un star system inmaculado cuya aureola hoy nos parece mágica. Las mayores estrellas cinematográficas de nuestros días parecen personas normales y nadie se molesta en evitarlo. Por ejemplo, Scarlett Johansson, sin duda una mujer bellísima con carisma de estrella, que no solamente no reniega de su origen proletario sino que presumo de él y se comporta con mucha naturalidad en público. La hemos visto concediendo entrevistas en donde se muestra como una persona cualquiera; incluso publicó una foto suya sin maquillaje en su cuenta de Instagram, reivindicando la belleza natural.

Si Scarlet hubiese vivido en los años veinte, treinta o cuarenta, jamás se lo hubiesen permitido. Hoy la recordaríamos por vaporosas fotografías con vestido elegantes, aire de princesa de cuento y siempre maquillada, peinado e iluminada con una precisión milimétrica. Puede que Bette Davis no fuese tan guapa como Scarlet Johansson, era, eso sí, mil veces mejor actriz, pero nunca se verá un foto promocional en la que Bette Davis no desprenda glamour. Resultaba impensable verla en chándal o con patines, y mucho menos sin maquillar. Cuando más etérea e inalcanzable pareciese una estrella, más despertaba el interés del público. Y si además era solitaria y esquiva como Greta Garbo, aún despertaba más curiosidad. Con los varones pasaba lo mismo: tampoco se le hubiese permitido a Brad Pitt salir a comprar en bermudas y chanclas.

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Una estrella de Hollywood no debía parecer una persona normal, aunque muchas de ellas lo fuesen (otras, eso sí, se creían ese papel de ente divino y terminaban absorbidas por una egolatría delirante). Cuando se mostraban cercanas al público, que a veces sucedía, era siempre de manera calculada por el estudio ante una situación que lo requería. Aquella férrea política de control sobre la imagen de los artistas parecía funcionar tan bien que terminaría siendo adoptada por la industria musical, y un perfecto ejemplo es el funcionamiento de la discográfica Motown, cuya disciplina durante los años sesenta recordaba mucho al antiguo sistema de estudios. Hoy sigue sucediendo en la música, aunque de manera no tan exagerada y más de cara al público adolescente. Figuras como Justin Bieber, Katy Perry o las boy bands son publicitadas bajo esos parámetros, y se les elabora una imagen pública destinada a alimentar una fantasía. Es obvio que el público adulto del siglo XXI no es tan ingenuo y ya supone que estas personas no son lo que se pretende vender, pero de cara a sus seguidores más jóvenes e inmaduros, que las idealizan con pasión, sí funciona el engaño. Un claro ejemplo es aquel día en que el niñato de Bieber escupía a sus seguidoras desde el balcón de su hotel; si muchas chiquillas le defendieron, pese a lo flagrante de su asquerosa actitud, se debía a que incluso con esos gestos desagradables necesitaban creer en él. Un proceso similar pero mucho más bestia, aplicado a Hollywood y asimilado por una buena parte del público adulto de aquella época, que era más conservador y también más crédulo que el de nuestra época. La gente, afectada por crisis económicas devastadoras y conflictos bélicos, estaba muy necesitada de evasión y quería creer.

Con todo, este férreo dominio sobre los actores era el lado más visible del sistema de estudios, pero había otras facetas más relevantes. Lo que de verdad marca la diferencia de aquel cine con respecto al actual no eran los intérpretes o directores en sí mismos, sino el control total que los estudios tenían sobre la producción y la distribución de las películas.