El neorrealismo italiano

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El término neorrealismo en un principio fue acuñado por los críticos italianos a comienzo de la década de 1940. El guionista Cesare Zavattini fue uno de los escritores clave del movimiento y uno de sus principales teóricos. Animó a los cineastas a tomar las calles, los autobuses y los tranvías para "robar" las historias del día a día; en su diario, Straparole (diari di cinema e di vita) escribió: "Colocar una cámara en la calle, en una habitación, ver con insaciable paciencia, entrenarnos en la contemplación de nuestros semejantes en sus acciones elementales". Zavattini escribió en argumento de filmes como Ladrón de bicicletas, 1948, Umberto D. (1952) o Milagro en Milán, 1951, que plasman la dureza de la vida de la gente común en la Italia contemporánea.

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El cine italiano del período neorrealisa está lleno de historias de personas que intentan solventar sus problemas diarios. Se trataba de una reacción a películas llamadas de "Telefoni Bianchi" (teléfono blanco) de la década de 1930 que acumulaban Hollywood y se centraban en la burguesía. Los filmes neorrealistas habitualmente utilizaban actividades cotidianas. El énfasis se centraba en un valiente realismo y gran energía.

Ossessione (1943), dirigida por Luchino Visconte (1906 - 1976), en alguna ocasión se cita como el primer filme neorrealista, aunque tenga bastantes elementos de cine negro. Su guion se basa en la novela de James M. Cain, El cartero siempre llama dos veces (1934). Visconti trabajó en el guion con sus compañeros cineastas y guionistas desde la revista Cinema, entre ellos Giuseppe De Santis. Se trataba de una historia sórdida ambientada en la Italia de provincias sobre un vagabundo que tienen una aventura con la esposa del dueño de un restaurante, los amantes planean asesinar al marido. Visconti tuvo que hacer frente a problemas con la censura de la Italia fascista.

El abanico de los protagonistas neorrealistas iba desde los jóvenes a los muy viejos. Umberto D., dirigida por Vittorio De Sica (1902 - 1974), se centra en la vida de un anciano (Carlo Battisti) condenado a la pobreza pero que intenta aferrarse desesperadamente a su dignidad. El hombre se entretiene en Roma con su leal compañero, su perro. Por el contrario, los niños tienen un papel destacado en Ladrón de bicicletas y Milagro en Milán.

Los directores neorrealistas no siempre adoptaron una aproximación de tipo documental. por ejemplo, Milagro en Milán, que trata de una serie de personas sin hogar que viven en un suburbio de chabolas del Milán de posguerra, podría describirse como "realismo mágico". Junto a avariciosos propietarios y ocupas fáciles de sobornar, en el filme domina la fantasía. No todas las películas neorrealistas tenían actores no profesionales. Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini (1906 - 1977), fue protagonizada por Anna Magnani, una de las grandes estrellas del cine de posguerra, y el actor, guionista y director Aldo Fabrizi (1905 - 1990).

Roma, ciudad abierta obtuvo el gran premio del festival de Cannes y tuvo un impacto inmediato. Se dice que el director la hizo con "shorts ends" (sobrantes de stock de película proporcionados por los soldados americanos que habían liberado Roma durante la segunda guerra mundial). Sin embargo, su estilo estaba determinado por las restricciones con las que tenían que trabajar. Algunas escenas se rodaron rápidamente con abruptos cortes. Rossellini se inspiró en su propia experiencia escondiéndose de las patrullas alemanas, que perseguían a los jóvenes italianos para reclutarlos forzosamente para luchar contra los fascistas. La idea de que rodó la película clandestinamente parece exagerada. Sin embargo, transmitía aspereza y energía, uno de los sellos del neorrelismo.

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Rossellini continuó con Paisà (1946), un extenso filme sobre el final de la guerra en Italia. Le siguió la brutal Germania anno zero (1948), rodada en una desolada y derruida Berlín donde se muestra la lucha de un niño por sobrevivir tras la caída nazi. Hay una gran diferencia entre la trilogía de la guerra de Rossellini y su trabajo con Ingrid Bergman en Stromboli (1950). Era una extraña y escalofriante historia sobre una joven lituana que se casa con un pescador italiano para escaparse de un campo de internamiento cuando acaba la guerra. Ella, que decide irse a vivir con él a una remota isla, poco después de llegar se encuentra oprimida y desconcertada por la sociedad patriarcal del lugar.

A principios de la década de 1950, el neorrealismo en Italia no tenía la urgencia que caracterizó al movimiento en la inmediata posguerra. Los condiciones habían cambiado: la sociedad italiana era más opulenta y los cineastas estaban menos interesados en retratar a los marginados. La influencia se extendió al cinema novo en Brasil, al free cinema en Reino Unido, o a la nouvelle vague en Francia, todos ellos bajo el influjo de los trabajos de directores como De Sica y Rossellini en la década de 1940.

 

 

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noviembre 3, 2019